Poirot/Venecia

Publicado: 04/10/2023
Autor

Luis Eduardo Siles

Luis Eduardo Siles es periodista y escritor. Exdirector de informativos de Cadena Ser en Huelva y Odiel Información. Autor de 4 libros.

La escritura perpetua

Es un homenaje a la pasión por escribir. A través de temas culturales, cada artículo trata de formular una lectura de la vida y la política

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Kenneth Branagh es un consumado experto en Shakespeare y por eso hay numerosos perfiles de tragedia shakesperiana en ‘Misterio en Venecia'
Kenneth Branagh es un consumado experto en Shakespeare, el mayor poeta de todos los tiempos, y por eso hay numerosos perfiles de tragedia shakesperiana en ‘Misterio en Venecia’, película recién estrenada con momentos deslumbrantes de intriga, de cine de terror, pero con un amargo fondo de reflexión sobre el mal, que conduce al crimen y a la muerte, y un sensacional debate en torno a la existencia o no de Dios ante el dolor y las miserias del mundo. Uno de los mayores logros de Kenneth Branagh (actor y director) en ‘Asesinato en el Orient Express’ (2017), ‘Muerte en el Nilo’ (2022), y ahora en esta inquietante ‘Misterio en Venecia’, consiste en haber iluminado el suspense de ‘La dama del crimen’ con la mirada rasgada de las obras de Shakespeare. ‘Muerte en Venecia’ tiene un fondo de melancolía, tristeza y profundidad superior al de las otras dos citadas películas. Se desarrolla en 1945 y la pesadilla de la Segunda Gran Guerra pesa sobre los personajes. “Las cicatrices de la batalla no solo están en el cuerpo”, se dice.

Otro logro de la cinta consiste en enfrentar a Hércules Poirot con la escritora Ariadna Oliver, trasunto de Agatha Christie, ella le lanza que el detective debe la fama a la aparición en sus novelas, y lamenta que sus tres últimas obras no hayan tenido éxito ni reconocimiento. Quizás por ello Poirot aparece aquí ya jubilado, sin ningún interés por investigar, con una vida decadente y aburrida, una vida sin vida, de paseos por la hermosa y enigmática Venecia en busca de un huevo con el cilindro adecuado para ubicarlo en el plato de sus incurables manías. “Soy Hércules Poirot”, dirá. “No, era Hércules Poirot”, replicará Ariadna Oliver. Pero habrá un momento colosal en el que Poirot vuelve a ser el de siempre, después del más estremecedor diálogo con la escritora: Poirot en plan Poirot.

Porque el atildado, engreído y genial detective se ve superado en muchos momentos por las circunstancias en un siniestro palacete de Venecia tras una sesión de espiritismo que provocará dos asesinatos y acontecimientos de apariencia sobrenatural. Poirot, que siempre se ha desenvuelto en un universo racional, de pensamiento, se adentra en tinieblas mientras por los canales de Venecia baja un agua sucia. La película, esta vez, recupera el espíritu pero no la letra de ‘Las manzanas’, la novela de A.C. en la que se inspira. Pero hay diálogos inconfundibles de la escritora, esas frases rotundas con brillo de cuchillo. El Poirot más atormentado. Hamlet lleva bigote.

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