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Jueves 16/09/2021

Una feminista en la cocina

Al final la culpa del muerto

Ya ven, no hay más que mirar atrás con el Caso Ortega Cano. Y es que los muertos dan grima

Publicado: 26/07/2021 ·
12:18
· Actualizado: 26/07/2021 · 15:01
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Autor

Ana Isabel Espinosa

Ana Isabel Espinosa es escritora y columnista. Premio Unicaja de Periodismo. Premio Barcarola de Relato, de Novela Baltasar Porcel.

Una feminista en la cocina

La autora se define a sí misma en su espacio: "Soy un cajón de sastre anímico. Así que cógete a lo que puedas, porque vienen curvas"

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Policía Local de Cádiz.

No se sabe todavía si estaba vivo o muerto cuando le pasaron por encima, pero sí que sucedió a las dos y media de la madrugada. No se sabe si estaba vivo o muerto, pero sí que los bajos del coche implicado dan muestras de haberlo atropellado. Sí que estaba en mitad de la vía no se sabe por qué. Sí que ni cuenta se dieron los ocupantes de que había bajo ellos una elevación de considerable altura, formada por un cuerpo que había vivido más de cincuenta años. Puede que hasta ese momento. La verdad está sobreactuada y las víctimas son poca cosa. Letras en mayúsculas saeteadas por puntos para preservar el anonimato cuando la muerte te da certeza de invisibilidad en un mundo que no recuerda a los muertos. El alcohol y las sustancias que tomó el que creen que se dio a la fuga no asustan a nadie. Al parecer, ni siquiera son delito. Ya ven, no hay más que mirar atrás con el Caso Ortega Cano. Y es que los muertos dan grima; Como su boca está cerrada y su cuerpo frío no hacen gracia en redes digitales y solo en los Juzgados les dan venía para pedir audiencia.                  De momento, el de la L en términos virtuales, ya corre por patitas como si nada. El otro, estará en el Anatómico esperando cita con el forense con las carnes abiertas y los ojos cerrados. No me burlo, sino que describo lo que nos queda cuando ya solo somos pasto de madrugada, tumbados en mitad de la calle esperando un coche que pasa y no para.

El que dio el aviso a los locales debe de estar ofuscado. Puede que lo viera todo y se le haya quedado marcado en la retina. Luego, los hechos dirán y las pruebas reconstruirán lo que de verdad pasó, pero a la mortandad huérfana de caricias  y acompañamientos ya no la salva nadie. Cádiz se está sucediendo con gente que vaga con carnet de novato, mientras los sin hogar han desaparecido porque los lugares donde dormían han sido desmantelados. Ya no hay miradas tristes, ni manos mendicantes por muchas callejuelas, ni en soportales de bancos fusionados. Ya no hay asentamiento de desgracias cerca de la placilla del reloj, entre la parada de taxis y la Biblioteca pública. Nos hemos preparado para la huida del Covid y la llegada de los cruceros, pertrechando voluntades y eliminando restos. No sé cómo puede estar una persona tumbada en mitad de una calle de madrugada, ni como un novato le pasa por encima sin darse cuenta. No sé cómo pueden respirar los peces por las branquias, ni cómo a las sirenas considerarlas  malas por comerse la carne de quienes querían pescarlas. Hay veces que no entiendo absolutamente nada.

 

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