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Viernes 30/07/2021

Arde Troya

Arde Troya. ¿Fue el 10 ó el 20-N?

Españoles, Ciudadanos ha muerto

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Españoles, Ciudadanos ha muerto. El partido político de excepción que ante Dios y ante la Historia asumió la inmensa responsabilidad del más exigente y sacrificado veto a un Gobierno del PSOE ha entregado su vida, quemada día a día, hora a hora, en el cumplimiento de esa misión trascendental.

La formación naranja, que históricamente surgió como un movimiento contra el nacionalismo excluyente y que había conseguido vencer en el frente del Ebro, decidió tras las elecciones generales del 28 de abril del pasado año, que fuesen esas fuerzas independentistas quienes modulasen la acción de un gobierno socialista, a pesar de tener ellos los escaños suficientes para haberlo hecho ¿Por qué? Pues muy sencillo: porque su líder Albert Rivera había decidido que Pedro Sánchez, la única persona que podía formar Gobierno con los números que habían proporcionado las urnas, era el diablo cojuelo o el adalid de conspiraciones judeomasónicas y había que hacer piña contra él desde el bloque de la nueva CEDA, una derecha cada día más reaccionaria y radical. Es cierto que Sánchez ha dado bandazos, ha dicho una cosa y la contraria y nadie sabe en qué lado está o qué valores tiene, si es que tiene alguno. Sea como fuere, la decisión costó no pocas dimisiones dentro del partido naranja, pero Rivera consiguió que la mayoría de los dirigentes que él mismo había puesto lo apoyaran.

El resto ya lo saben: se repitieron las elecciones el 10 de noviembre y Ciudadanos perdió el 60% de la base electoral recibida en la anterior cita electoral o lo que es igual casi dos millones y medio de votos. La cuestión era bien sencilla: si Rivera quería jugar a ser Santiago Abascal, ¿para qué votar a la copia teniendo al original?

Ahora, la heredera del caudillo Rivera, Inés Arrimadas, ha vencido en las primarias de ese partido manteniendo el mismo rumbo y decisiones que les llevó al estrepitoso fracaso del 10-N. Pero, como bien dijo don Miguel de Unamuno, vencer no es convencer; y hay que convencer sobre todo: y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión. Y este país necesita ya desde hace mucho tiempo compasión: ese sentimiento que nos impulsa a aliviar o remediar el dolor o sufrimiento del otro, de los muchos otros que tenemos ante nosotros.

Yo sé que, en estos momentos, mi voz llegará a vuestros hogares entrecortada y confundida por el murmullo de vuestros sollozos y vuestras plegarias. Es natural. Es el llanto de España que siente la angustia infinita de la orfandad de los españoles ante estos partidos que cada vez representan menos a sus ciudadanos.

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