Verano de 2010, España

Publicado: 02/07/2020
Autor

Sol Cruz-Guzmán

Arquitecta de profesión por la ETSA Sevilla. Diputada por Sevilla en el Congreso de los Diputados

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Sol Cruz-Guzmán, arquitecta y diputada por Sevilla en el Congreso por el PP, nos recuerda el Mundial que ganó España hace diez años
Me gusta que Facebook se convierta en mi memoria de repuesto y que se encargue de recordarme imágenes de mi pasado. Del verano de hace una década me regala estos días fotos envueltas en la bandera de España, en aquellos meses de calor donde el calendario se llenó de cenas en casa de amigos para ver las fases de la competición, preludio de la victoria mas fogosa de España en el mundial africano, al que Shakira le puso como banda sonora su “waka waka”. Un “esto es África” lleno de energía que aún seguimos bailando y que nos hace recordar con una sonrisa de satisfacción los buenos ratos que nos hizo pasar la Selección. Fue un Mundial de reapariciones, como la del equipo de Corea del Norte, que no participaba desde el año 66, y de descubrimientos, como el propio continente de acogida, la tierra al alcance de la mano desde las playas de Tarifa, que demostró al resto del mundo sus enormes capacidades.


Disfruto viendo esas fotos llenas de alegría. El brillo de la emoción en los ojos de grandes y pequeños, muestra del orgullo de nuestro equipo, pero sobre todo de nuestro país. Ser españoles en el verano del 2010 fue un privilegio que nunca olvidaremos, una hazaña deportiva que nos unió a todos bajo nuestra bandera, la roja -y gualda-, esa que cuelga hoy en los balcones como respeto a las víctimas, las oficiales y las reales, de la Covid-19. Sellamos nuestro compromiso de unidad de España con el inolvidable beso de Iker y Sara, aquel memorable el 11 de julio. Un compromiso que hoy más que nunca debemos renovar.


Han pasado diez años y vivimos un verano diferente. La trágica situación que hemos vivido nos ha llevado a una España con posiciones enfrentadas, donde prima la ideología sobre las necesidades. La búsqueda de la pérdida de identidad que algunos se empeñan en conseguir con el rechazo a nuestros símbolos; la división frente a la unidad. Estamos viendo, sin la actuación del gobierno y con el aliento de algún concejal sin escrúpulos, los ataques dentro y fuera de nuestro territorio al legado histórico y cultural de nuestro país, cómo las agresiones al santo mallorquín Fray Junipero, que entregó su vida a las misiones de California, enseñando el cultivo de la tierra y ganadería a los indígenas, o a nuestro mejor mánager del español, Cervantes, cuya aportación a nuestra lengua y a nuestra cultura es incalculable. Es precisamente la cultura la que cimienta la comprensión mutua entre los territorios y es ese conocimiento el que debe poner freno a estas olas de vandalismos, que nada tienen que ver con una justa reivindicación social. Nuestra historia debe ser reconocida, aceptada y no juzgada, con la perspectiva de nuestros principios actuales. Sin manipulación, sin fabricar de forma interesada una historia negra que no existió́, y mostrarnos orgullosos, como lo hiciéramos en Johannesburgo, de los hitos que cambiaron el rumbo de la historia y que hicieron progresar al mundo. Sólo así́ podremos mejorar el futuro de las sociedades.


Recuperar el sentido de nación, el orgullo de nación del verano del 2010, es necesario si queremos afrontar el descomunal reto, muy superior al que conseguimos superar en el Estadio Soccer City. Recordemos, como lo hace Facebook, el legado del espíritu de unidad que nos dejó el Mundial de Fútbol sudafricano, y sea ése con el que trabajemos para levantar España de la crisis social y económica en la que ya estamos inmersos.

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