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Sábado 31/07/2021

Una feminista en la cocina

Si los políticos hablaran

Trabajamos para comer, nos doblamos para gustar, aceptamos lo inaceptable que es la muerte

Publicado: 12/05/2021 ·
08:28
· Actualizado: 19/05/2021 · 10:30
Autor

Ana Isabel Espinosa

Ana Isabel Espinosa es escritora y columnista. Premio Unicaja de Periodismo. Premio Barcarola de Relato, de Novela Baltasar Porcel.

Una feminista en la cocina

La autora se define a sí misma en su espacio: "Soy un cajón de sastre anímico. Así que cógete a lo que puedas, porque vienen curvas"

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No hay nada como ver a un político victorioso de elecciones para entender la vida. Porque la verdad mata y la instantánea no es de Philips sino certera. Todo queda inmortalizado en papeles que no saldrán, emisiones que quedarán rancias y wasap que se borrarán para recuperación de espacio. Como nuestros huesos o nuestros recuerdos. Envejecemos con piel llana, aliento seco y muchas dudas. Lo hacemos porque nacimos para hacerlo en un futuro en el que los eternos no son más que personajes de comic.                                                         

Ayuso.

Trabajamos para comer, nos doblamos para gustar, aceptamos lo inaceptable que es la muerte -o la decadencia física- sabiendo que todo llega menos la santidad. Ayuso ha ganado como antes lo hizo Rita o Aznar o Felipe González. Lo ha hecho porque tenemos la posibilidad de decidir lo que nos gusta y lo que no y las minorías a las que no nos gusta nada -ni nadie- nos auto flagelamos para no perdernos un ápice. A mí la política me parece un chiste del Risitas. Si no fuera por la alternativa inexistente o –tiemblen- muy presente en nuestros registros históricos, me la repanpinflaría igual que los “documentales” de Telecinco, las chacotadas de ponernos memes a cada rato o “los buenos días” reenviados una y otra vez.

Nada nos complace por qué tenemos la boca marchitada de haber dado tantos besos, los ovarios encapsulados en parafina y las frases con sabor a sebo enlatado por décadas. Nos duele todo, pero no nos quejamos más que cuando tecleamos al ritmo que nos marca el pensamiento que no es poco comparado con nuestra genética, sino muchísimo si me entienden. Balbucearé –quizás- en la mañana, asistida por huesos quebradizos, ojos vidriosos y mucha mala leche adobada. Ojalá estuvieran mis amigas de siempre conmigo para no contarnos absolutamente nada , sino mirarnos con ojos de perro sabedor del todo. No confío mucho en el futuro, pero se equilibra porque tampoco confío en el presente, ni hago otra cosa que llorar el pasado. No soy de medias tintas, ni de victorias políticas, ni de abrazaderas de instantánea. Más bien de abrazos sentidos, de frases calladas y silencios absolutos. Estamos muy mal acostumbrados por las nuevas realidades virtuales que lo sonorizan todo, que emiten musiquillas adictivas y que nos engañan como famélicos creyentes. O quizás siempre deseamos borrarnos del todo para convertirnos en la nada más absoluta. Con Marte como paradigma de conquista humana futurible y Ayuso elevada a los altares de tarimas que antes pisaron otros pies, que saltaron y botaron en un universo sin eternos.

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