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25/07/2021

Una feminista en la cocina

Adelgazar con máquina de donuts

Nos mienten en nuestra cara y nos resignamos a creer, porque nacimos de teta ajena y biberón prestado

Publicado: 16/06/2021 ·
08:28
· Actualizado: 16/06/2021 · 10:17
Autor

Ana Isabel Espinosa

Ana Isabel Espinosa es escritora y columnista. Premio Unicaja de Periodismo. Premio Barcarola de Relato, de Novela Baltasar Porcel.

Una feminista en la cocina

La autora se define a sí misma en su espacio: "Soy un cajón de sastre anímico. Así que cógete a lo que puedas, porque vienen curvas"

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No somos degustadores de vida, ni observadores de lo infinito. Como mucho, receptores obligados de anuncios en cadena de pastillas milagrosas para adelgazar sin dejar de comer y máquinas que hacen los donuts solas. Nos mienten en nuestra cara y nos resignamos a creer, porque nacimos de teta ajena y biberón prestado.                                                                         

Adolescentes.

Mi psicosis con respecto a los sucesos va en aumento. Veo locos sueltos, bastardos. Matan a niñas de 13 que bajan las escaleras de la casa de sus abuelos y mueren sacrificadas en aras de la fuerza, la desgracia y la casualidad. No es buena vida para tener hijos. Sin embargo, qué mejor cosa puede haber en esta miserable sino darles todo, quererlos y echarte unas manos con el destino, teniéndolos a ellos. Todos somos hijos de alguien, incluso el que pretextó como causa del asesinato de la cría,  la adicción y la futurible muerte de la que lo había parido. Le dejó agarrado a ese frágil cuello de niña por hacerse mujer, la correa de perro con la que la había amarrado no solo para violarla, sino para torturarla hasta la muerte. Toda esa miseria humana en su propia casa, colindante de escaleras con la familia de la cría.

Esto ralla, escarnece y mata esperanzas en el ser humano. Se te mete esa mierda como infiltraciones de furia ciega, adobada de miedo,  porque quieres y los ves que suben escaleras y las bajan y ya has dicho que no se metan en ascensores con desconocidos porque no te fías. Ellos asiente, pero te miran como pensando que estás ida- o que te puede el proteccionismo- porque no entienden que en el mundo apocalíptico en el que vivimos no hay zombis pútridos, sino drogatas de tres al cuarto que son vecinos de rellano nuestro. Nunca pensaríamos que nos mataría a la niña de nuestros ojos. Nunca que la dejaría seca de vida a pocos metros de lo que creíamos nuestro refugio. Nunca creí en la condena a muerte, pero sí en la cadena perpetua para este engendro que saldrá al tiempo con sus mismas adiciones y otras peores, en su misma escalera, con  idénticas ganas de torturar a niñas de trece. Hay días en que nos veo como machacados por los anuncios, meros consumidores de cosas que nunca nos harán felices. Otras leo en las pupilas de mis hijos, la esperanza, el futuro y las cosechas nuevas. Las correas de perros son limitadores de voluntades ajenas, de prohibiciones renuentes, de frenada en seco. Son el último adorno de una cría de trece que ya no podrá tener novio, ni ser madre, ni estudiar, ni ir a su fiesta de graduación con sus mejores amigas. Hay llagas que merecen que tiren la llave y se olviden de quién estaba encerrado dentro. Hay correas de perro que escarnecen para siempre.

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