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25/07/2021

Una feminista en la cocina

Arborescentes

Muchas veces la información mata, aunque solo sea de ansiedad

Publicado: 31/05/2021 ·
12:37
· Actualizado: 31/05/2021 · 13:07
Autor

Ana Isabel Espinosa

Ana Isabel Espinosa es escritora y columnista. Premio Unicaja de Periodismo. Premio Barcarola de Relato, de Novela Baltasar Porcel.

Una feminista en la cocina

La autora se define a sí misma en su espacio: "Soy un cajón de sastre anímico. Así que cógete a lo que puedas, porque vienen curvas"

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Si comienzan a leer sobre vacunas les pasará lo mismo que a mí cuando me empollé un tratado de obstetricia que había comprado en la tienda de segunda mano de Raimundo, al quedarme embarazada. Muchas veces la información mata, aunque solo sea de ansiedad.  Esa bendita ignorancia que acuna y cubre todo como manta infantil cuando crees que los padres son mezcolanza entre dioses inmortales y héroes de comic. Esa que hemos perdido porque roímos la manzana del Edén hasta dejarla en puras migas de pulpa y saliva. Esa que nos hace dudar de todo, conjeturar todo y darnos de hostias contra idiotas que se creen poseedores de la verdad suprema y- en cambio- solo son propagadores, no de virus, sino de estulticia.                                                                                                                                 

Rocío Carrasco.

La información te puede dar esa seguridad viscosa y sacralizable que tiene algunos al ver “Sálvame”  o a la Quintana, al versicular las peripecias de la Carrasco o identificarse con sus males. La que tienen los jueces para seguir atados a ese sillón que les muele a palos, con testificales de película. Esa que vemos en panfletos y cuchicheos, en medias tintas y borrones.

La arborescencia de la civilización nos ha llegado desde las profundidades de Internet para ponernos un sitio en el mapa, para comprar a destajo y para creérnoslo todo. Hasta que las vacunas sanan. Y es verdad que sanan. Está visto y demostrado, pero si lees los efectos secundarios de un simple ibuprofeno, el intestino se te encoge y las tripas claman.

A mí me interrogó la enfermera sobre cuál era el brazo en el que prefería la dosis y me plegué en marras cuando me explicó que la pregunta era porque solía ser un efecto secundario el que se te quedara jodido. No dijo esa palabra. La pongo yo porque quiero. Porque es verdad. Jodido. Como se me quedó. Pero no mucho. Ahora toca la segunda y leo que es peor (con más efectos secundarios) que la primera. Y desearía envolverme en la mantita como Linus , pero no tengo nada que me dé confort porque se me fue quien velaba mis noches y guardaba mis días. Era él quien me regalaba esa santa paciencia que siempre ostentó conmigo. Seguro que hubiera hecho lo indecible por ponerse la dosis, porque era amante de todo lo científico y los avances. Es lo que pasa con los juegos de inteligencia que cuando pierdes una parte, que se queda inservible. Hay que acostumbrase. No pasa nada si pierdes las instrucciones o se chunga la caja porque el juego es esencialmente contenido,  aunque a los frikis les guste muchísimo el continente. Pero si pierdes piezas intercambiables de las que no saben dónde empiezan unas y donde acaban otras, tu realidad está jodida. Como el brazo con la primera vacuna.

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